El baile en el Romanticismo.

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El baile en el Romanticismo.

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Sáb Ene 22, 2011 12:22 pm

HILOS RELACIONADOS:

Engalanar palacios para los bailes. Protocolo y costumbres
Los maestros de baile
Las invitaciones al baile.
Vestirse para el baile. Protocolo en el baile. Carnés de baile.
La visita después de los eventos. Tarjetas de visita.
El baile en el México de la 2ª/2 s. XIX
Las costumbres musicales y los Salones.
La temporada londinense. Calendario de actividades.
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El carné de baile fue un complemento femenino imprescindible en los bailes aristocráticos del s. XIX, aunque su uso se prolongó hasta mediados del siglo XX. En él, las damas apuntaban por riguroso orden de pedida los bailes que les solicitaban los caballeros.

Los materiales con los que estaban realizados, y los detalles de los mismos, denotaban la posición económica de su dueña. Podían estar realizados en diversos materiales como plata o acero, pero existían algunos que estaban asociados al estado civil de la dama a quien pertenecían. Así, las solteras usaban carnés de baile de nácar, las casadas de marfil y las viudas de azabache, lo que era muy práctico, pus los caballeros podían conocer de antemano la situación de la dama a la que solicitaban el baile. Se adquirían en los comercios de la época, y en ocasiones formaban parte de un juego compuesto por el propio carné de baile o una agenda, monedero y devocionario, presentados en lujosos estuches de piel e interior forrado de seda. Para escribir, estos adminículos tenían a juego pequeños lápices con mina de plomo, que podían estar unidos al carné mediante un cordoncito o una pequeña cadena.



Sin embargo, el momento en el que una dama anotaba que había sido invitada por un caballero a bailar una determinada danza, no era sino un pequeño instante dentro de toda una ceremonia social como eran los bailes de la España del Romanticismo.

LOS BAILES:

Estos eventos podían ser de máscaras o bailes de sociedad. Los bailes de máscaras, celebrados no sólo en carnaval, eran la excusa perfecta para que la alta sociedad, formada tanto por la aristocracia de viejo cuño como por la burguesía (considerada la nueva aristocracia del dinero), diera rienda suelta a su imaginación y vistiese en esas ocasiones trajes de otras épocas, divertidos complementos y máscaras, acompañados de compases musicales alegres.



Los bailes de sociedad, por su parte, podían ser tanto públicos como privados. Los bailes públicos solían celebrarse en los Casinos o Liceos de las distintas ciudades, ya fuera con motivo de una visita a la ciudad de un personaje insigne, o por una festividad. Generalmente estaban dirigidos a la alta sociedad, pero en ocasiones podían ser más abiertos. Los bailes privados, en los que nos vamos a centrar, estaban exclusivamente dedicados a la élite social y económica del momento, y servían para reforzar la imagen de los anfitriones y de los propios invitados.



Un momento crucial en la vida de toda joven, era aquél en el que su madre le permitía ir al baile por primera vez, sirviendo éste para presentar a la mujer en sociedad, además de ser el acontecimiento ideal para encontrar marido, como reflejan las publicaciones de la época.

En la España romántica, en la que la cultura de la apariencia era fundamental, existieron diversos manuales de cortesía, urbanidad y buen tono dirigidos tanto a hombres, como a jóvenes e incluso niños. Éstos pretendían mostrar las normas que habían de regir cualquier tipo de acto social, y por supuesto, un evento como un baile, no podía faltar entre sus páginas.

La alta Sociedad española celebraba bailes privados durante la temporada de invierno y los bailes de palacio eran los encargados de abrir y cerrar ese período. La preparación de un evento como éste en una casa aristocrática del Romanticismo era un acontecimiento de gran importancia, ya que podía refrenar la posición política y social de la familia, mejorar los negocios de la misma, planificar un matrimonio interesante o, por el contrario, convertirse en un desastre social que al día siguiente saldría publicado en la prensa local. Por ello, todos los detalles se mimaban al máximo.

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Re: El baile en el Romanticismo.

Mensaje  Elizabeth Anne Montgomery el Mar Ene 25, 2011 7:37 pm

Muy interesante el artículo Áyden y, me ha hecho darme cuenta de que las costumbres españolas no eran muy distintas de las británicas o las francesas. Parece que las clases altas finalmente tendían a entretenerse de una manera bastante similar, aunque no sé más que cosa de evolución natural de una sociedad me parece más influjo de la aculturación. ¿No os parece?

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Re: El baile en el Romanticismo.

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Miér Ene 26, 2011 1:44 am

Opino como tú, que debió de ser una influencia importada, el glamour por hacer lo mismo que nuestros vecinos y estar a la moda con sus mismos hábitos (menos mal que no nos dió por tomar también el té a las 5 que sino...). Lo que más me ha chocado del artículo no es que copiasen las costumbres, sino lo jerarquizada que estaba la sociedad tan solo hace 150 años antes, en el que solo podías bailar cuatro danzas con una misma dama si eras caballero o dependiendo de tu estado civil, tenías que tener un carné de baile realizado de un material o de otro. Absolutamente fascinante, en todos los sentidos.

Dispongo de mucho más material pero ya lo iré subiendo cuando tenga tiempo. Wink

EDITO: EL BAILE EN EL MÉXICO DE LA SEGUNDA MITAD DEL S. XIX.

Las fiestas y los bailes de la época en la alta sociedad, influenciados por la tradición europea, seguían un riguroso protocolo. El primer paso era recibir una invitación que explicaba el motivo del evento. Si la invitación iba dirigida a una mujer que no estaba casada, la mamá debía acompañarla.

Normalmente, las madres que se encontraban en la misma situación se juntaban y escoltaban a sus hijas al baile, mientras el papá se quedaba en la casa. Una vez que llegaban a la fiesta, las mamás se sentaban a platicar y las hijas bailaban.

Sin embargo, las señoritas no podían bailar con el mismo muchacho durante la fiesta, incluso si se trataba de su novio. No se podían detener a conversar, decía la cronista de sociales del semanario Violetas del Anáhuac Fanny Natali de Testa. Era mal visto. Por eso, portaban una especie de carné de baile en el que se apuntaban los distintos caballeros con los que las damas iban a bailar cada pieza.

Así, se guardaba un registro ordenado que las mujeres debían seguir al pie de la letra. Si una decidía rebelarse y bailaba más del tiempo programado, la mamá vigilante intervenía para restaurar el orden.

Texto de Uriel Gordon y Adriana Silvestre.
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Engalanar los palacios para los bailes. Protocolo y costumbres.

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Dom Ene 30, 2011 4:37 pm

ENGALANAR LOS PALACIOS PARA LOS BAILES. PROTOCOLO Y COSTUMBRES.

Sin duda, la aristocracia del momento tenía un claro referente en el que basarse para organizar sus bailes privados, saber a quién invitar y qué normas de cortesía debían tomarse en cuenta. Eran éstos los bailes que la Reina, Isabel II, ofrecía a los miembros de la nobleza y la burguesía más selecta en su palacio.

Por lo general, los bailes comenzaban en torno a las nueve de la noche y podían prolongarse hasta altas horas de la madrugada. En las ciudades grandes, como Madrid y Barcelona, a veces coincidían varios saraos el mismo día, y así lo reflejaba la prensa. Comenzaba entonces una pugna sorda entre los anfitriones por dar el mejor baile, y un intento de no desairar a las personas influyentes, por parte de los invitados.

Los palacios urbanos, a menudo denominados hoteles en la época, tenían que engalanarse para recibir a los convidados. Para ello, se iluminaban las calles cercanas y la entrada de la casa y se traían flores desde zonas más cálidas, como Valencia o Andalucía, que se distribuirían por toda la zona pública de la vivienda. En el zaguán, el patio o las escaleras, según el caso, había que colocar espejos para que las damas pudiesen comprobar su aspecto antes de subir al salón. El salón de baile, espacio fundamental que no podía faltar en una residencia aristocrática, debía estar espléndidamente iluminado, con una orquesta de varios músicos y cómodas sillas circundando el espacio, para que las damas pudiesen sentarse.

En uno de los salones colaterales podía colocarse un buffet con comida y refrescos, también conocido como mesa de ambigú, que se abría a mitad del baile y se reponía durante el resto de la velada, eligiendo para la elaboración de los platos a los mejores cocineros.



En otro de los salones contiguos podían disponerse mesas para juegos.

“Al entrar en la sala de baile, no se debe abandonar á las señoras para pasar á la pieza de juego; antes bien debeis pensar que ellas se han calzado aquel día por vosotros y aun estrechado sus pies en zapatos de raso. Hacedlas, pues, bailar, porque además de que este es un acto de civilidad, se gana por otra parte todo el dinero que se perdería en la sala inmediata.”

No podía faltar una estancia de tocador, uno para hombres y otro para mujeres. Además de toda suerte de perfumes, espejos y productos de belleza, en ellos también se podía encontrar pastelitos y refrescos.

En ocasiones era necesario contratar mayor número de criados, así como un bastonero que organizase el orden de los bailes y cuidase de que a las damas no les faltara el refresco.

Pero además, los anfitriones debían conocer las normas de urbanidad, cortesía y buen tono y, por supuesto, saber bailar.

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Los maestros de baile

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Dom Ene 30, 2011 4:39 pm

LOS MAESTROS DE BAILE:

Ya desde finales del siglo XVII los nobles de ambos sexos recibían lecciones de baile de grandes maestros. Los bailes públicos y privados eran un lugar perfecto para mostrar los conocimientos adquiridos, especialmente de las danzas extranjeras como el minué o la contradanza.

Podemos tomar como ejemplo el caso de la Casa de Osuna, que ya desde el siglo XVIII contrató a maestros de baile internacionales.

Durante el siglo XIX, figuran maestros como Francisco Loli con el cargo de “maestro de baile del señorito Don Pedro” (refiriéndose a Pedro de Alcántara II), Andrés Belluzi o Volet, que serían profesores de baile tanto del citado Pedro, como de Mariano Téllez-Girón, XII Duque de Osuna.
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Las invitaciones al baile

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Dom Ene 30, 2011 4:39 pm

LAS INVITACIONES:

Elegir bien a los invitados era, sin duda, una tarea que debía hacerse con cuidado. Los anfitriones elegían a sus invitados según el tamaño de sus salones y no tanto por la amistad que les uniera a éstos, sino como por las relaciones que mantenían. En este sentido ironizaba el cronista social Asmodeo, pseudónimo de Ramón de Navarrete, de cómo habían realizado la lista de invitados unos barones dedicados a la banca, de los que no da nombre.

“- ¿Has traído la lista de visitas? Dice la baronesa tomando parte por primera vez en el diálogo. […] Lo más sencillo, repone el banquero, sería entregar a mi secretario la lista y las papeletas, y que llenara éstas con los nombres conocidos en aquéllas. - ¿Estás loco? En mis salones caben exactamente cuatrocientas personas, y son cerca de mil a las que entonces habría que convidar. Además, tenemos que hacer una clasificación detenida, un expurgo riguroso. Hay familias a quienes una trata, pero que no debe admitir en su intimidad, y en sus fiestas. Tú, por tus negocios, te ves obligado a mantener relaciones con gente oscura, con gente cursi, que si viniese a nuestro baile, lo deslucirá atrayéndonos las censuras del gran mundo. No, no; es menester que los periódicos puedan decir con entera exactitud, que la concurrencia era escogida y brillante.”



El círculo de personas más allegado a la Reina siempre estaba invitado a todo baile que quisiese revestirse de importancia. Tampoco podían faltar los políticos, los diplomáticos y los periodistas, que al día siguiente darían cuenta del convite en los tabloides.

Algunos comentarios satíricos:

“- […] Lo primero el Cuerpo diplomático: yo no entiendo francés; tú, Pedro, tampoco sabes decir ni una palabra; pero les hablaremos por señas, como a los mudos. En un baile de la importancia del nuestro es una costumbre y una necesidad invitar a los embajadores de las potencias extranjeras y los ministros […].Ahora los nombres ilustres, los marqueses, los duques, los grandes de España. No importa que sean viejos, feos, ridículos, grotescos; lo esencial es que se sepa por los periódicos que hemos tenido en nuestra casa lo más encopetado de la aristocracia española.
Niña […] no se te vaya el santo al cielo y dejes de invitar a los periodistas. Es menester que todo el mundo sepa que los barones de X… han dado un soberbio sarao. Que nuestros parientes de Jaén se mueran de envidia al leer los nombres de las notabilidades de la cuna, de la belleza y del talento que hemos tenido en nuestros salones; y en fin, que en París y en las demás capitales de Europa nadie ignore que recibimos como es debido a la gente comme il fault.”

Por último, el anfitrión ha de prever que “cuando se invita para un baile debe tenerse especialísimo cuidado de que entre las personas aptas para bailar no haya mayor número de señoras que de caballeros”.

Una vez elaborada la lista definitiva, se confeccionaban las tarjetas de invitación. Para una invitación a un acontecimiento de estas características, la tarjeta debía ser grande.

La invitación a un baile había que mandarla lo menos ocho días antes, sobre todo para que las damas “pudieran arreglar sus adornos” y regularmente se hacían por medio de una corta esquela poniendo, "en nombre de los dueños de la casa, que tenga la bondad de asistir a ella tal día”. Estas tarjetas eran repartidas por lacayos, mozos de comedor, ayudantes de cámara y cocheros, e incluso el pinche.
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Vestirse para un baile

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Dom Ene 30, 2011 4:43 pm

VESTIRSE PARA UN BAILE:

Recibir una invitación era un hecho tan importante que podía significar entrar, mantenerse o salir de la vida social del momento. Sin duda, las más deseadas eran las que convidaban a los bailes reales. Pero en la España romántica, en la que las distintas familias nobles y burguesas competían por ser las más célebres, toda invitación cobraba una importancia capital. Célebres cronistas no dejan libre de ironía la figura de la joven que cada vez que oye la puerta de su casa baja corriendo a ver si le ha llegado una invitación, cuando no se deja caer “casualmente” por la vivienda de los anfitriones. Éstos, precavidos ante este tipo de visitas, no se muestran en público durante los ocho días de preparación del evento.

Aquellas personas que sí recibían su invitación, comenzaban toda una carrera para lucir las mejores galas y dejar epatados al resto de invitados.
Al igual que ocurre hoy en día ante un acontecimiento social importante, era imprescindible conseguir una cita con un buen peluquero. Los peluqueros franceses afincados en Madrid tenían una amplia clientela, ya que estaban considerados como los más elegantes.

Dependiendo de quién pidiese la cita, el peluquero podía peinarle justo antes de ir al baile, para lucir el peinado perfecto, peinarle a primera hora de la mañana, teniendo que permanecer todo el día con cuidado de no despeinarse, o incluso peinarle ya a altas horas de la noche, retrasando su llegada al baile.

El peinado más usual a mediados de siglo era el bandós, con raya en medio, dejando caer dos guedejas de pelo que se recogían lateralmente, como podemos observar en el cuadro de Federico de Madrazo, Isabel II joven, o en La familia de Jorge Flaquer, de Joaquín Espalter.



También estaba de moda el peinado realizado con una trenza que se colocaba a modo de diadema. Sin embargo, publicaciones del momento como El mundo Pintoresco hacen alusión a que en España, igual que en Francia, las mujeres preferían arreglarse con el peinado que mejor les sentase.
Para adornar los peinados se colocaban todo tipo de adornos (tocados, plumas, flores, pequeñas joyas, etc.) siempre que éstos estuvieran conjuntados con el resto de la indumentaria. Las normas a veces exigían mayor cautela:

“Las señoras que hayan encanecido prematuramente, evitarán el adornarse la cabeza con flores: nada choca tanto a la vista como las rosas entre la nieve”.

También los joyeros recibían importantes pedidos de pendientes, collares, diademas, pulseras, nuevos engastes, etc. Pero sin duda, los mayores esfuerzos se realizaban para conseguir el mejor traje. Existían diversas publicaciones en las que los figurines mostraban la última moda para asistir a los bailes, como El Correo de la Moda o El defensor del Bello Sexo. Los modistos y casas de moda copiaban estos modelos. Para aquellas mujeres con mayor poder adquisitivo, las casas de moda francesas les hacían llegar nuevos modelos.

También sobre este asunto ironiza Asmodeo.

“[…] otra y otras aguardan en vano a la modista, y se deciden a ponerse un vestido viejo, o lo que es igual, un vestido que han usado ya una vez; algunas, más exigentes o más orgullosas, se meten con desesperación a la cama, porque a pesar de que Worth o Mme. Laferrière han comunicado telegráficamente que salió de París el traje, éste no ha aparecido en Madrid.”

El traje femenino de baile presentaba un cuerpo con escote, talle corto y remate triangular en el delantero. Para que sentase bien, era imprescindible el uso de ballenas que se cosían a este cuerpo. La falda tenía forma acampanada, reminiscencia de la moda dieciochesca. El traje podía estar ornamentado con encajes, cintas, terciopelos, y gasas, generalmente formando volantes. En estos trajes se permitía también la ausencia de mangas.



En cuanto a los tejidos, los más ligeros eran adecuados para el baile. A partir de los 25 años de edad no era adecuado que una mujer usase telas demasiado vaporosas. Los colores más frecuentes eran los de tonos suaves, como el blanco o el rosa, pero al igual que el peinado, cada dama debía elegir lo más adecuado a su fisonomía. Los zapatos se hacían de raso, del color del traje, y los guantes, de color claro, completaban el conjunto. Éstos no podían quitarse durante toda la noche, con la única excepción de si se comían cosas saladas, ya que podían mancharse.

Para el frío de la calle, las mujeres utilizaban echarpes de pieles, o chales de cachemir. Eran más recomendables para las mujeres casadas.
Otros complementos imprescindibles de la indumentaria femenina fueron el abanico y el pañuelo. Ambos ponían de relieve la posición social de la dama que los llevaba, según los materiales con que estuviesen realizados, pero además jugaban un importante papel comunicando “secretamente” distintos mensajes, según se moviesen o se colocasen. El viajero inglés Henry Inglis, en su crónica de Madrid realizada en 1830, comenta la extrañeza que le produjo observar cómo las mujeres españolas no dejaban el abanico ni para bailar. Razz

El vestuario masculino era más sobrio, con frac y pantalón largo negro, y camisa, chaleco corbata y guantes blancos. Los zapatos eran negros de charol. La corbata de baile, prenda romántica masculina por excelencia “no se compone sino de dos pliegues laterales; pero debe abrazar el cuello en doble y fijarse por delante por medio de un alfiler. […] y aunque fija, se presta muy bien á todas las variaciones y posturas que necesariamente ha de hacer un individuo que baila ó valsea”. En cuanto a los guantes El hombre fino expone que no debían usarse más de una o dos veces. Se podía llevar un reloj de bolsillo en el chaleco, pero teniendo en cuenta que “un hombre de gusto se guarda muy bien de ostentar su reloj. El manual también desaconseja el uso de sortijas y diamantes (“la mano del hombre debe estar libre de todas estas futilidades”, salvo las alianzas y anillos de oro sencillos.

Completaban los caballeros su vestimenta con una capa o gabán, sombrero de copa y bastón.



Una vez preparados todos estos detalles, sólo quedaba disponer el coche de caballos que llevará a los invitados al baile. Generalmente las familias adineradas tenían chófer, a menudo llamado jockey, así como distintos carruajes, siendo el más apropiado para el baile el carruaje abierto o calesa. El chófer llevaba a los señores al evento y permanecía a la espera en el frío de la calle hasta que éstos abandonasen el convite. También se podían alquilar estos coches, aunque su uso para reuniones sociales de cierto nivel estaba desaconsejado.
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Protocolo en el baile. El carné de baile.

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Dom Ene 30, 2011 4:44 pm

PROTOCOLO EN EL BAILE. EL CARNÉ DE BAILE::

Una vez en el palacio u hotel en el que iba a celebrarse el baile, las buenas formas exigían una serie de modos que habían de vigilar tanto los caballeros como las damas. Los caballeros, o en su defecto el anfitrión, acompañaban a las señoras del brazo, ya que nunca debían entrar solas a la sala de baile.



El baile siempre lo abrían los anfitriones. En el caso de los bailes de palacio organizados por la Reina regente María Cristina, el protocolo mandaba que fuese su hija Isabel, futura Isabel II, quien abriese el baile con el presidente del Consejo Ministerial. Ya como reina, Isabel siguió manteniendo esta costumbre, salvo en una ocasión en la que debiendo abrir la velada con O´Donnell, el entonces presidente del Consejo, prefirió bailar con el jefe de la oposición, Narváez, lo que significaba alejar al primero del gobierno. Este episodio político acaecido en 1856 se conoció como la “crisis del rigodón”.

Como ya se ha comentado, los nobles y burgueses imitaban las costumbres de palacio. En ese sentido, los anfitriones abrían el baile y su hija, en caso de tenerla, debía ser invitada a bailar por todos los caballeros.

En muchos bailes se ofrecía a la entrada un programa con la música que la orquesta iba a tocar. Así, todos los invitados sabían el número de piezas y el orden en que éstas se iban a representar. En ese momento, el carné de baile era imprescindible para organizar las distintas peticiones que se iban a producir. Las damas podían tener un carné de baile, o un tarjetero con agenda que sirviese también para guardar las tarjetas de visita.

Existieron algunos carnés que llevaban ya escritos los nombres de los bailes, pero eran poco comunes por resultar menos útiles. Para apuntar, se servían de un pequeño lápiz de mina de plomo que solía formar conjunto con el carné, estando muchas veces unido a él por una cadena o un pequeño cordón.

Como ya se ha comentado, el material con el que estaba realizado el carné tenía una gran significación, con lo que los caballeros tenían la ventaja de que al solicitar un baile a una dama, conocían de antemano su estado civil.

Los hombres también tenían que recordar las peticiones que habían realizado y el orden, motivo por el cual también apuntaban estos datos en pequeñas agendas.

Una vez se había apuntando en el carné de baile una invitación, no podía rehusarse sino “por un motivo legítimo”.



Los anfitriones, que tanto esfuerzo habían dedicado a la preparación del baile, debían procurar además que sus invitados se sintiesen cómodos en él, velando por cada uno de los detalles. El Novísimo manual de urbanidad de Ángela Grassi relata las obligaciones de éstos señalando que “los dueños de la casa cuidarán constantemente de que ninguna señora que haya concurrido en disposición de bailar, permanezca sentada toda la noche. A la señora de la casa no la es lícito bailar, ínterin alguna otra señora permanezca sentada a falta de pareja. Aunque esto no se practica hoy en día con mucha escrupulosidad, sin embargo, no deja de ser una gravísima falta de urbanidad”.

Sobre los cargos de los caballeros el citado manual expone lo siguiente:

“Un caballero no puede ceder a otro la señora que haya aceptado su invitación, porque sería demostrarla poca deferencia. No es de buen tono que un caballero baile con su esposa. La buena sociedad no admite que un caballero baile toda la noche con la misma señora”. Además “es también incivilidad […] sentarse en el sitio de una señora mientras está bailando; se debe tomar un asiento que no pertenezca a nadie, ó quedar de pie aun cuando los zapatos apretados os rompan el empeine ó los talones”.

También las damas han de cumplir una serie de obligaciones. “Las señoras que no sepan bailar se abstendrán de tomar parte en el baile, porque es deslucirlo y comprometer a su pareja. […] Cuando una señora no acepte la invitación de un caballero para bailar, se abstendrá de hacerlo en todo el curso del baile”.

En cuanto al tipo de bailes, se seguían bailando piezas dieciochescas, como los minués, las mazurcas, las contradanzas o el rigodón. Muchas de estas danzas provenían de una larga tradición, pero alcanzaron su apogeo en el siglo XVIII como bailes de élite. Junto a ellas, aparecieron una serie de nuevos bailes como el galop (nombre que deriva del galope del caballo, por su rápido ritmo), de origen popular e introducido en 1820 por el Duque de Berry en París. Otro de los bailes era la redova, de origen checo y ritmo ternario, que junto con el galop, tenían gran parecido con el vals.



El vals, uno de los bailes de salón por excelencia en la actualidad, de origen antiguo, tenía una imagen muy distinta de la que hoy en día se tiene de él. Era éste un baile que necesitaba de un contacto físico mayor que el resto de los bailes burgueses y populares, en los que apenas se producía ningún roce. Por este motivo, la sociedad del Romanticismo, lo veía como un baile muy atrevido e incluso “salvaje”.

Cuando un hombre sacaba a bailar a una señora, debía cogerle del brazo cuando sonasen los primeros compases y acompañarla hasta la zona de baile. Y al finalizar éste, volvía a llevarle del brazo a su silla, y podía ofrecerle un refresco, aunque era éste un deber del bastonero.



Al contrario que en otros países como Inglaterra, durante el baile podía aprovecharse para mantener una conversación que en muchos casos, estaba preparada para adular a alguien, hacer negocios, pero sobre todo, para cortejar a una dama. En este último caso, el hombre debía tener cuidado de no bailar más de cuatro bailes con una misma mujer, pues era considerado una descortesía hacia el resto de las damas. Sin embargo, para los casos en los que la conversación era sólo por pura educación, “El hombre fino” considera que “es una gran falta y tiene sus inconvenientes el creerse obligados a dar conversación a su pareja y apurarla con preguntas de cosas insignificantes y a las que sin embargo tiene que responder como ¿hace calor?, ¿le gusta a Vd. mucho el baile, señorita?. Pero se puede alabar el buen gusto de su tocado; y es ésta una atención que siempre agrada a las damas”.

Un aspecto que tratan los principales manuales de cortesía y urbanidad de la época es el de cuidar las buenas formas para no herir la sensibilidad de ninguna dama. Para ello, hacen una serie de recomendaciones, que ponen de manifiesto la importancia de la gentileza:

“Cuando un caballero sea escitado á invitar á una señora á bailar, se prestará á ello gustosamente, aunque no sea de su agrado. Hay algunas señoras, menos favorecidas por la fortuna, ó que cuentan con menos relaciones, que pasan casi toda la noche sentadas en una silla: el caballero más fino y mas galante será aquel que acuda á evitarlas de esta mortificación de amor propio, aunque sea sacrificando su gusto”. “No todas las mujeres son bonitas no todas tienen aquella gracia y belleza […]. El dueño de la casa, o el bastonero, debe procurar que todas bailen, porque esta es una civilidad necesaria y la cual nadie se rehusa”.

El baile, que podía acabar a altas horas de la madrugada, llegaba a su fin con una contradanza muy movida, denominada cotillón, que se bailaba intercambiando parejas, o siguiendo unas directrices que marcaba uno de los asistentes, o en algunas ocasiones con un galop.

Entre tanto, muchos invitados podían haberse marchado. Al contrario de lo que podríamos pensar hoy día, era de mala educación despedirse de los anfitriones si éstos estaban charlando con sus invitados o bailando, ya que les distraía de sus responsabilidades. Por ello, era más cortés agradecerles la invitación y sus atenciones haciéndoles una visita.
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La visita. Tarjetas de visita.

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Dom Ene 30, 2011 4:45 pm

LA VISITA. TARJETAS DE VISITA:

“Debemos una visita de agradecimiento á los que nos han invitado á una reunión, hayamos o no concurrido a ella”.

Si la preparación del baile y el transcurso del mismo estaban sujetos a un gran número de convencionalismos sociales, el agradecimiento por la invitación a éste por medio de una visita, no lo estaba menos.

La visita era, para la sociedad del Romanticismo, una norma de educación y casi una obligación, por lo que se estipularon distintos tipos y formalidades según el motivo de la misma. Así, las había de ceremonia, de felicitación, de ofrecimiento, de pésame, de duelo y de despedida. Los manuales de urbanidad distinguían cómo comportarse en cada una de ellas, qué atuendo era más recomendable, el tiempo que se debía permanecer en el interior de la casa, e incluso los temas de conversación más adecuados. Las casas aristocráticas tenían acomodada una sala para este tipo de recepciones, denominada Sala de Confianza.

Para agradecer la invitación a un baile, lo más correcto era hacer la visita a los anfitriones entre la una y las cinco de la tarde, cuidando que ésta se produjese en los ocho días siguientes al evento. Al realizarse ésta, los anfitriones tenían de nuevo la obligación de devolver una visita a los invitados que, en señal de agradecimiento, les habían visitado. De este modo, la obligación del visiteo era cada vez más compleja, creando una enmarañada red de compromisos.

Por este motivo, cada vez empezaron a cobrar más importancia las tarjetas de visita. No era éste un invento nuevo, pero servía para “excusar” el encuentro. Lo correcto era que se entregasen en persona.

Los dueños de la casa podían estar muchas veces sin arreglar o hastiados de recibir a tanta gente, por lo que hacían que los mayordomos las recogieran y apuntasen en ellas, frente a los huéspedes las letras “e.p.”, que significaba que había sido entregada en persona, y por tanto tenía tanta validez como la visita misma. Poco a poco, dejó de estar tan mal visto que la tarjeta fuese entregada por el personal de confianza. Con las tarjetas se estableció un código mudo, según el tipo de dobleces que se le realizaran. Si llevaba la punta o una cuarta parte doblada significaba, al igual que en el caso anterior, que la visita se había realizado en persona. Si las dos puntas de un mismo lado estaban dobladas, además, señalaban que era necesario ver a la persona en cuestión, y que volvería en otra ocasión. Si las puntas que aparecían dobladas eran de lados contrarios, entonces evidenciaba la necesidad de ver a la otra persona urgentemente, y que ésta le fuese a buscar con premura. En momentos más avanzados, una doblez también podía significar una invitación a un baile, no siendo, sin embargo, el modo más correcto de invitar.



Las tarjetas de las señoras eran generalmente de papel porcelana o concha, y en tonos rosas, azules o amarillos. Los caballeros usaban una tarjeta blanca y podían aprovechar para lucir el blasón familiar, corona nobiliaria o la cruz de una orden militar.

Para guardar y transportar las tarjetas se usaban tarjeteros, que a menudo, como ya se ha señalado, cumplían también la función de carné de baile y agenda. Solían estar ricamente decorados, y al igual que los carnés, tanto los materiales de fabricación, como la decoración de los mismos, podían ofrecer una gran información sobre los propietarios.

Con la visita se cerraba un ciclo de formalidades que había comenzado días antes con la preparación de un baile. No obstante, si tenemos en cuenta que en una ciudad como Madrid podía haber al menos un baile diario durante el invierno, podemos hacernos a la idea de cómo estos eventos revolucionaron la vida social de las clases altas y crearon una compleja red de compromisos que caracterizó las veladas aristocráticas de la España romántica.

Bibliografía: Carolina Miguel Arroyo (Pieza del mes de enero 2011 del Museo del Romanticismo).Texto íntegro.

Si habeis llegado hasta aqui, muchas gracias por la lectura. Si os habeis quedado a medio, dulces sueños y me alegra haberos dormido. Así descansareis, que seguro que os lo mereceis. ¡Y que no me entere yo de que se os ha quedado alguna duda! Razz
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Re: El baile en el Romanticismo.

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