El traje y el peinado femenino en los últimos años del miriñaque

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El traje y el peinado femenino en los últimos años del miriñaque

Mensaje  Lady Áyden Norwich el Jue Oct 07, 2010 10:25 pm

La silueta femenina característica desde mediados del siglo XIX hasta 1868 fue la acampanada. Varias fueron las soluciones que se desarrollaron durante estas décadas. Desde los años 30 las mujeres llevaban bajo sus vestidos multitud de enaguas para conseguir mayor amplitud en las faldas. Pero el efecto capa sobre capa suponía demasiada rigidez en su imagen y un peso excesivo.

La utilización de crinolinas –enaguas rígidas de lino, lana o algodón, entremezcladas con crin para conseguir mayor apresto- pareció ser una solución temporal a los caprichos de la moda. Pero fue en 1856 cuando se creó una prenda revolucionaria que facilitaría el ahuecamiento y volumen de las faldas: el miriñaque.

Esta prenda interior, en forma de jaula, estaba formada por varillas flexibles de acero unidas entre sí por bandas verticales y anchas de tela. El tamaño de los aros iba en gradación, más pequeños hacia las caderas y más anchos en la parte baja. En un primer momento tuvieron una forma redondeada, casi de campana, pero en los años 60 este perfil se transformó en una estructura casi piramidal, con menos volumen en la cadera y en la zona delantera y más en la parte trasera. El miriñaque de estos momentos también se caracterizó por eliminar los aros superiores y dejar tres o cuatro más abajo.

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El miriñaque fue la prenda fetiche en los guardarropas femeninos de todas las clases sociales, aunque sus acabados y calidades distinguían uno bueno de uno de peor calidad. Se consideraba que los mejores no debían ser evidentes bajo la falda; es decir, sus aros debían quedar camuflados bajo la enagua y la falda. Se convirtió en un elemento tan común que incluso aparece nombrada en canciones populares.

Esta evolución desde las enaguas hasta el miriñaque de los años 60 trajo consigo cambios en las faldas femeninas. Si en los años 50 los vestidos se llenaban de volantes para aumentar su volumen, en los 60 estos desaparecieron. El protagonismo de las faldas se llevó a la parte trasera gracias a los ricos cinturones que adornaban las pequeñas cinturas femeninas, y las amplias colas. En 1865 se impuso la moda de la doble falda, sobre todo en los vestidos de paseo y en los de baile. La falda más corta se recogía con pliegues a los lados, mientras que la otra caía hacia los pies y ganaba longitud en la parte posterior.

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En muchas ocasiones se decoraban con cintas, encajes y entredoses (tiras bordadas o de encaje que se cosían entre dos telas). Pero al miriñaque no le quedaba mucho tiempo de vida. Las modas cambiaban constantemente y en pocos años aquel abultamiento en la parte trasera necesitó de otra prenda interior con la que se conseguía un volumen desmedido: el polisón.

Durante estos años se produjo un cambio en el patronaje de las faldas, y es que su confección comenzó a hacerse a base de nesgas. Hasta mediados del siglo XIX, las faldas conseguían el volumen gracias a múltiples pliegues. El volumen de la cintura, debido a que se utilizaba un mismo paño que se plegaba en la cinturilla, desapareció por la introducción de tejidos ya cortados en forma triangular –las nesgas- cuyo ángulo más pequeño correspondía a la cintura, y los mayores, al bajo de la falda. De este modo, se evitaban los constantes e incómodos pliegues a la altura de la cintura y el empleo de varios metros de tela para conseguir el efecto deseado.

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Además de las faldas, los cuerpos también sufrieron transformaciones durante estas décadas. Si durante los años 40 y 50 la cintura de los vestidos descendía en forma de pico, otorgando mayor esbeltez a la silueta femenina, en los 60 se sustituyó por una cintura recta, mucho más estrecha. El talle ascendió y la línea de los hombros descendio, con lo que se acortó el torso femenino. Bajo estos cuerpos se usó el corsé, que durante estos años, por lo tanto, fue más corto y su escote se abrió en forma ovalada.

Desde los años 50 era bastante común que el traje fuese un conjunto compuesto por una falda de seda con dos cuerpos a juego, uno para los vestidos de día, de manga larga y escote alto, y otro para los vestidos de noche, con amplio escote y manga corta. Los cuerpos de día, además, solían ser abiertos en el delantero y se completaban con el uso de camisas o camisolines y de puños; ambas prendas con decoraciones de encaje.

“VESTIDAS PARA LA OCASIÓN”

La moda del siglo XIX no sólo se caracterizaba por sus constantes cambios, que se producían casi en cada década, sino también por su marcado carácter de etiqueta. Las reglas sociales establecían cómo debían ser los trajes para adecuarse correctamente a la ocasión: pasear, acudir a la ópera o al teatro... Estas consideraciones afectaron a las siluetas femeninas, a los colores, a los tejidos y a las decoraciones empleadas en sus vestidos. Debían ir a la moda, según les indicaban las revistas del momento, y siguiendo esas pautas, tanto los hombres como las mujeres tendrían garantizado el éxito social.

Desde los años 30 encontramos numerosas referencias, en la literatura, en las revistas de moda o en los manuales de protocolo y etiqueta, de cómo la mujer debía vestir acorde a su clase social y, sobre todo, según la ocasión, debiéndose cambiar de vestido varias veces al día, dependiendo del momento en el que se encontrase o el lugar a donde acudiese.

El perfil de la mujer burguesa o aristócrata era el ser el ángel del hogar, cuyas responsabilidades consistían en la coordinación de las tareas domésticas, la lectura, tocar el piano y coser. Para estas actividades su vestido era cómodo y sencillo.

En los paseos matinales o de tarde, las damas acompañaban sus vestidos, más vistosos que los anteriores, con prendas de abrigo como mantones o pelerinas, confeccionados en algodón o en lana, según la estación del año. El complemento imprescindible para estos momentos del día era la sombrilla, que evitaba que sus rostros se bronceasen.

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Tanto para los vestidos de mañana como para los de paseo, se descartaba el uso de joyas y los escotes, y los cuerpos debían ser altos, cubiertos hasta el cuello y de manga larga. Concretamente en los años 60 la manga era menos artificiosa que en las décadas anteriores: una sencilla manga ajustada sustituyó a las mangas abullonadas, a las abiertas o a las conocidas como “pagoda”, que se impusieron durante la década anterior.

Otro momento del día en la vida de las mujeres del siglo XIX era el de la visita. En esta ocasión los trajes eran más ricos que en los casos anteriores y se permitía el uso de joyas.

Los llamados vestidos de baile fueron concebidos para lucirse exclusivamente en grandes acontecimientos. En la vida social de las familias de clase alta, la noche ofrecía distintas ofertas de diversión y ocio, y para cada una de ellas los trajes variaban. Hombres y mujeres acudían a recepciones y bailes de máscaras, celebraban cenas, iban al teatro o a la ópera…

Desde el mes de octubre hasta la llegada del verano, los teatros y salones abrían sus puertas a fiestas privadas donde se requería ir de etiqueta. Las mujeres, en los años 60, llevaban faldas con cola sobre miriñaques voluminosos. Los cuerpos tenían amplios escotes de berta que descubrían sus hombros y mangas cortas, que eran las más adecuadas para poder bailar el vals o la polca. Con ellos contrastaba el consabido frac con el que acudían los hombres.

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Los vestidos de baile eran mucho más ricos, llamativos y ligeros que los usados en otros momentos del día. Se confeccionaban en tejidos vaporosos y no muy pesados para facilitar el baile. El tul y el raso de seda eran los materiales preferidos para estas ocasiones, que se adornaban con entredoses de colores, encajes y cintas.

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A pesar de las indicaciones que desde las revistas y los manuales femeninos se daba a las lectoras, hay que tener en cuenta que las mujeres de clase alta ya sabían cómo debían vestir en cada ocasión puesto que, desde su juventud, eran formadas y educadas en música, baile y protocolo.

Entre las indicaciones que se encuentran en las revistas de los años 60, descubrimos referencias de cómo las jóvenes solteras debían vestir: con tejidos como la gasa y siempre con colores claros, símbolo de pureza e inocencia. También se les recomendaba llevar al baile pocas joyas; quizás algún collar y pendientes de perlas, para no hacer demasiada ostentación frente a los posibles pretendientes y que las identificasen con el estereotipo de muchacha frívola incapaz de formar una familia y atender el hogar.

Los tejidos más ricos, como la seda, los colores más llamativos y las joyas se reservaban exclusivamente para las jóvenes desposadas. Estas indicaciones de cómo elegir el color y el tejido evitaban malos entendidos ya que, de algún modo, las mujeres que estaban disponibles para el matrimonio eran reconocibles entre la multitud en el baile.

Las mujeres de avanzada edad no debían permitirse las frivolidades de la moda, propias de los primeros años de desposada, por lo que sus trajes eran mucho más sencillos.

Como complementos a estos vestidos, las mujeres llevaban zapatillas o botines, con un tacón de unos dos centímetros y medio. También era habitual en los bailes el uso de guantes de piel hasta la muñeca, así como joyas (pulseras, camafeos, pendientes, collares, tiaras...) que no debía lucir durante el día. Los abanicos igualmente se convirtieron en un complemento imprescindible para evitar el calor en los teatros y salones de baile.

Para cubrir sus hombros y escotes, las mujeres se decantaron por amplios pañuelos y estolas de finas puntillas que caían sobre su torso sin aplastar el volumen de las faldas. Las nuevas tecnologías textiles se hicieron patentes en este tipo de prendas, pues los encajes comenzaron a hacerse mecánicamente y rivalizando en calidad y belleza con los encajes manuales elaborados hasta entonces.

A mediados de los 50, se introduce una prenda interior imprescindible para los bailes, el pantalón. Esta prenda interior se hizo muy práctica en ciertas ocasiones, ya que no era de extrañar que, entre la multitud y el uso de esos amplios miriñaques, las mujeres dejasen ver sin querer sus piernas en bailes como la polca.

En cuanto al peinado, el usado en los años 60 era mucho más sencillo y menos voluminoso que en la década anterior. Durante el día los moños eran
bajos, casi pegados a la nuca y, en ocasiones, recogidos con una redecilla, debido al uso de pequeños gorritos y tocados. Para la noche los peinados se hicieron más altos, con cabellos ondulados que se adornaban con flores, cintas, tiaras y dejando bucles sueltos. Hay constancia de que, en ocasiones, para conseguir más volumen, se añadían postizos al moño.

Bibliografía:

Inmaculada Ledesma Cid en Pieza del mes Abril 2009. Texto íntegro.

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Re: El traje y el peinado femenino en los últimos años del miriñaque

Mensaje  Raisah el Lun Oct 11, 2010 7:24 am

Muy completo, muchas gracias! Very Happy

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Re: El traje y el peinado femenino en los últimos años del miriñaque

Mensaje  Mademoiselle Eve2 el Vie Feb 18, 2011 2:43 pm

¡Muy rica aportación, Lady Áyden!

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